miércoles, 27 de agosto de 2008

Viaje de una Larga Noche hacia el Mediodía.- Prólogo


Amigo Lector

deseo agradecer tu comprensión y benevolencia ante los errores, y horrores, que de tipeo soportas en estas páginas.

Te aseguro que no es síntoma de desproligidad, ni de falta de consideración de mi parte hacia ti, sino que es efecto de un circunstancial problema en mi visión, y al hecho de, literalmente, no contar con un ayudante a la hora de la transcripción, a no ser un software lector de pantallas, que, como secretaria mal asalariada, trabaja cuando y como quiere.

Te informo que a partir de esta publicación, y con una periodicidad de cada quince días, comenzaré el relato de mis experiencias vividas en los últimos tres años de mi vida.

No refiero al simple relato de anécdotas personales, sino a los movimientos emocionales que llevaron y trajeron consigo.

Entiendo que no es nada especial lo que he atravesado, es una experiencia de vida más, ni más valiosa que otra, ni más interesante, ni obviamente, menos; pero siento que al comunicarla puedo llegar a personas que están en situaciones parecidas, o que conocen a otro que sí lo está, y puede servir como apoyo o espejo.

A lo largo de mi presente vida, he ganado tanto como he perdido, o quizás más, pues he capitalizado la experiencia, y eso me ha servido para, a través de mi consulta y del trato diario con los otros, ser una especie de despertador de reflexiones dormidas.

Un día, hace mucho tiempo, mi amigo Fernando, con quien compartí muchas charlas, pensamientos, locuras y sentimientos a lo largo de también muchos años, me preguntó:"Jorge, ¿no viven mejor los que no piensan en las cosas que se les presentan, y sólo se manejan por impulsos?".

En aquel momento rápidamente respondí que no, que vivir en la inconciencia no es honrar el preciado don de estar vivos, y que seguramente los frutos recogidos por nosotros tendrán mejor sabor.

Hoy sigo pensando lo mismo, pero no me apresuraría tanto para responder.

Durante estos tres últimos años, he andado, deambulado, recorrido y conocido, variopintos pasillos, corredores, salas de espera y consultorios.

En todos ellos ví gentes con el peso del mundo en sus hombros, seres con la autoestima por el suelo, habiendo entregado su dignidad y respeto, no sólo su organismo; otros haciendo trampas al solitario; otros más en manos de la inercia.

Y a todos ellos quisiera alcanzar con mi relato.

He sentido, percibido,cómo el sentimiento y dolor de la soledad campea en esos corazones, y en esas vidas.

Creo que puedo hacer algo aunque imperfecto, quizás, pero algo para despertar conciencias, de los interesados o de los familiares o amigos, pero conciencias afines a la prosecución del bienestar del otro ser humano que nos rodea.

No está siendo tan fácil para mí este relato.

He debido remover mucha cosa dentro de mí.

Cosas ya elaboradas y superadas, pero que, aunque no sean ya zancadillas para mis acciones presentes y futuras, ni entorpecimientos a la hora de la toma de decisiones, al reverlas y necesitar revivir los sentimientos que movilizaron, sentimientos y emociones, claro, producen un cierto dejo de peso espiritual frente a aquel niño, adolescente, jovencito, que fui, y las circunstancias que debió atravesar, hasta el día que, dije ¡basta!.

Para que la narración tenga coherencia, igual que el protagonista y sus motivaciones, he de presentarme:

Soy Jorge.

Tuve una niñez y adolescencia, duras.

Salvo dinero en el bolsillo, buena ropa, educación, y alimento, todo lo demás me faltó.

Antes de proseguir, quiero decir que no creo en la culpa.

Todos hacemos lo que podemos, sin tener escuela previa, todos estamos aprendiendo.

Nadie es culpable de nada, a lo sumo, con sus acciones, ayudan a que uno corra por el camino de las experiencias y lecciones que vino a vivir y aprender en esta vida.

Mis padres se separaron cuando yo tenía seis años de edad.

A partir de allí, cada uno hizo su vida, y yo debí ocuparme de la mía, ya que nunca tuve un hermano mayor, un padre, una madre, que fuesen mi respaldo, mis defensores cuando los necesitaba, el consejo y guía cuando lo busqué.

Fui desplazado de la vida de quienes debieron contenerme y hacerme sentir querido.

Fui abusado emocional y sicológicamente, por los que debieron, al menos, respetarme.

Cargué con las responsabilidades de todo lo que de malo sucedía en el grupo de amiguitos, pues era el único que no tenía una voz potente detrás, que lo defendiese.

Y no hablo de personas ajenas a mi familia.

Viví con mi madre hasta los ocho años de edad.

Ella conoció un hombre del cual se enamoró, pero este individuo exigió mi separación de ella.

Allí comencé a ser un problema.

Mi madre me mandó a vivir a casa de una tía, con dos hijos de mi edad, y un marido treinta y dos años mayor que yo.

Mis primos son mi sangre, Escocia nos une y tira, teníamos la misma edad, no puedo no quererlos...no guardo rencor de los mayores, pero ciertamente no los siento a mi mesa.

De allí a dos internados, del último salí a los diecisiete años, con un diploma de perito en sobrevivencia.

Mi mejor etapa de esa etapa, valga la redundancia, fueron los años en la Sagrada Familia.

Pero yo ya no era el niño inocente.

Ya sabía de ardides y juegos, de decir lo correcto, y por dentro saber que las cosas no eran así.

De defenderme hasta de los que ni me atacaban, de desconfiar de querer y de ser querido, de no tolerar una caricia, y de ser un tigre agazapado.

A todo esto, debo sumarle algo que yo siempre creí que todo el mundo sentía igual que yo: al conocer a alguien, inmediatamente sé lo qe piensa, como se comporta, sus motivaciomnes y sentimientos, todo.

Y eso no me fue de mucha ayuda, pues fui tildado de mentiroso, fantasioso, no sé cuántas otras cosas más, y todo ello me hizo frío, desapegado, cauteloso por demás..

Dejé de ser un teenager ya siendo, y sabiendo que lo era, protagonista de mi propia vida; defendiendo mi espacio, mis ideas, mi identidad, mi camino, y mi Yo.

Reí muchísimo, también mucho lloré, destrocé y me destrozaron, me amaron y no amé, me quisieron y no sé si quise o me encapriché; me sintieron, y no sentí, me gozaron y no gocé,me dejaron, y yo nunca estuve.

Esa cualidad de resiliente (resiliencia: dícese de la capacidad adquirida por el caucho destinado a la fabricación de neumáticos adquiere con el agregado de una cantidad mayor al 4 por ciento de azufre en su composición final, que consiste en responder a una determinada fuerza aplicada en determinada dirección y de determinada magnitud, con una fuerza en dirección opuesta a la original, y con una magnitud 30 veces superior), que el Plan Universal, otros le llaman Dios, me entretó, ha hecho que pudiendo haber salido un ser despreciable, todo lo vivido, en determinado momento, afloró en mí como una necesidad de traspasar mis ideas, caminos , soluciones, reflexiones, a la vida de otras gentes que, increíblemente, para mí, no sabían ver la luz al final del túnel.

Presiento que ahora mi relato resultará más creíble, ya que conocen las raíces sepultas que alimentan lo de florido que hoy pueda mostrar.

Gracias, no fue fácil, pero ya pasó.

Nos encontramos en la próxima publicación: El Año que viví en Peligro.

Hasta ella

Jorginho